Por qué nadie te agradecerá por ir a trabajar cuando estás enfermo

Santo Domingo .- Me desperté una mañana de la semana pasada con los típicos síntomas de un terrible catarro: enorme dolor de cabeza, congestión nasal, acusaciones conyugales de haber pasado la noche roncando como un hipopótamo inquieto.

Entonces hice lo que hace todo el mundo que conozco en un día así. Me levanté y me fui al trabajo. En el metro me tosieron y estornudaron encima muchísimas personas vestidas para un día de trabajo. Cuando llegué a mi escritorio, indudablemente cargada de suministros frescos de patógenos, el aire resonaba con el consabido resoplar de un otoño londinense.

Tal es el estado de lo que la industria de recursos humanos ha llamado el “presentismo laboral”, o ir al trabajo cuando estás enfermo. Una enorme cantidad de estudios muestran que ésta es una actitud bastante testaruda y contraproducente, tanto para las empresas como para los empleados.

Todo el mundo sabe que un día en cama acelera la recuperación y frena la propagación de gérmenes en la oficina. Las personas con malestares más serios que congestión nasal se exponen a males peores, especialmente en cuestión de la salud mental.

He escuchado a varios expertos alegar que el presentismo laboral es ahora un mayor problema en el Reino Unido que el ausentismo y podría ayudar a explicar el pésimo crecimiento de la productividad en el país. No tengo idea si esto es cierto. Lo que sí sé es que estoy cansada de leer las “buenas noticias” de que un creciente número de empresas se están dando cuenta del problema del presentismo laboral y están haciendo algo para resolverlo.

Generalmente esto se manifiesta en programas de “bienestar en el trabajo” llenos de beneficios no imaginables en otra era: membresía de bajo costo en gimnasios, ensaladas de quínoa en la cafetería de la oficina, escritorios de pie, y algunas veces masajes. Esto es algo normal para muchos que conozco en grandes organizaciones.

Algunos tienen cosas aún mejores. Un amigo que trabaja para la sucursal de Londres de una gran compañía de EEUU me dijo la otra noche cuando nos estábamos tomando una copa que su oficina no sólo tiene sus propios fisioterapeuta y masajista, sino también un dentista interno.

Las empresas estadounidenses son los campeones en la tendencia del bienestar corporativo. Esto tiene sentido en EEUU, donde las compañías pagan los costos del seguro médico de los empleados. Y personalmente, yo no tengo nada en contra de dentistas a la hora del almuerzo o batidos de col rizada. Estoy segura que hacen más bien que mal. Pero no creo que tales cosas contribuirán mucho a que las personas dejen de venir al trabajo cuando están enfermas.

Las principales razones por las que las personas continúan trabajando a pesar de cómo se sienten no tienen nada que ver con su salud. Se debe a que trabajan para empresas más estresadas económicamente donde los despidos laborales son comunes y la presión por hacer más con menos es constante.

Esto hace que a algunos les inquiete que se vayan a ser víctimas de la próxima ronda de despidos si han estado fuera muchos días. A otros les preocupa sobrecargar a colegas con aún más trabajo durante sus ausencias.

No se debe confundir a estos empleados con los “presentistas” más tediosos, los que insisten en presentarse en la oficina medio muertos para demostrar lo indispensables que son. No se puede hacer nada por esta gente y por suerte son probablemente una minoría.

En cuanto a los que son como yo, mi pretexto para ir al trabajo es que no estaba totalmente segura si mis síntomas se debían a un virus o a haberme trasnochado después de un vuelo de medianoche. Yo aposté por el segundo y hasta ahora no me he equivocado.

Las soluciones al problema del presentismo laboral no son claras, sobre todo si trabajas en una industria que está sufriendo graves trastornos tecnológicos, lo cual hoy día parece abarcar todos los sectores. Llamé a unas de las personas conocidas por acuñar el término presentismo laboral, el profesor Cary Cooper de la Alliance Manchester Business School, para ver qué pensaba.

Él estaba de acuerdo que las “tonterías” como mesas de ping-pong o “sillas puff” no son muy defendibles.

En vez, él cree que la solución yace en entrenar a los administradores de primera línea a identificar cuando los empleados están bajo demasiado estrés o enfermos, y a manejar la situación con sensatez, habilidades que rara vez se les enseñan a los estudiantes de Maestría en Administración de Empresas.

Creo que está en lo cierto, aún si los rangos administrativos también están disminuyendo en organizaciones cada vez más reducidas. No espero que nada cambie pronto, pero por lo menos a alguien se le ha ocurrido una idea mejor que distribuir otro montón de pases de gimnasio.

Fuente: Financial Times




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