El suicidio económico

Santo Domingo .- Cabizbajo, Alberto llegó a la playa de Long Beach. Se quitó su camiseta para amarrarla a una mata de uvas de playa a la que subió. Saltó. Murió, “asfixiado por ahorcamiento”, según el médico legista.

En San Pedro de Macorís, Matías procuró un cable eléctrico. Sin decirle a nadie, entró a su habitación. Colgó el cable a un madero que se destacaba en el techo. Subió a una silla y saltó. Murió,

José, de 36 años, estuvo por dos días en casa de su hermano en Villa Duarte. Lo acompañaba su hijo, de solo cinco años. En la tarde del domingo se despidió. Se pensaba que iría a la parada de transporte guaguas que los llevarían a Santiago.

Aunque parecía “tranquilo y que no padecía de trastorno mental ni problema psicológico”, según afirmaron sus familiares, José no fue a la estación. Se acercó al puente Juan Pablo Duarte y desde lo más alto, saltó de la mano de su pequeño hijo. Murieron en el acto.

Julio era un hombre de Dios. A sus 59 años, pastoreaba una congregación evangélica, también en Santiago. En la madrugada del martes pasado, se encaramó a la barandilla del puente Hermanos Patiño. Se lanzó al vacío. Falleció.

Podría seguir.

¿Qué tenían en común Alberto, Matías José y Julio? Aparte de haber expresamente querido terminar con sus vidas, pareciera ser que los cuatro enfrentaban serios problemas económicos.

Las razones que llevan a alguien al suicidio casi siempre son diversas y complejas, nunca atadas a un solo factor. Pero, por lo menos según los familiares, las declaraciones finales y notas de despedida, estos casos tenían las deudas en común.

Alberto andaba “deprimido porque un banco lo colocó en Cicla por una deuda”. Lo de Matías “se presume que fue por deudas económicas”. José, según los suyos, sí había comentado “que tenía problemas económicos”. En cuanto al pastor Julio, pareciera ser que “andaba deprimido por una deuda de RD$40 mil pesos.”

Razones y un ciclo que preocupan
En cualquier mes, Argentarium recibe más de 100 mensajes de lectores y seguidores acercándose a nosotros buscando orientación en temas financieros.

De cada 10 mensajes, 7 u 8 están vinculados al sobreendeudamiento que enfrentan los lectores. De estos, alrededor de la mitad nos admite de que “han pensando en lo peor”.

El más reciente de estos mensajes fue de una mujer en Santo Domingo Este, que nos relataba cómo entraba a la ducha, no para bañarse, sino para llorar sin que uno de sus tres hijos la escuchara.

Otra madre escribió preocupada porque unos usureros secuestraban y amenazaban con cortarle la mano a su hijo.

Conjugando ambos mensajes maternos con la noticia del pastor que se suicidó por deudas y depresión, surge la pregunta: Si esto es ahora, con la morosidad bancaria en su nivel más bajo, con el crédito privado fluyendo como río desbordado y la tan pregonada estabilidad macroeconómica, ¿Qué será del deudor dominicano en otra coyuntura?

En Estados Unidos, la Asociación de Psicólogos Americana encuesta anualmente cuáles son los principales detonantes de estrés y ansiedad en las personas. Año tras año, el factor económico es el elemento determinante, el principal, que afecta al 70% de los encuestados.

Según el Centro para el Control de Enfermedades, 80% de todos los gastos médicos están vinculados a temas de estrés.

Investigadores de la universidad de Harvard, analizando cuáles eran las principales factores que incidían en la declaración de bancarrota o quiebra personal, concluyeron que estaba asociado a “deudas vinculadas a problemas de salud”.

Como se ve, pues, el ciclo problemas financieros-estrés-quebrantos de salud es tan pernicioso y mortal como el peor imaginable.

¿Qué podemos hacer?
Idealmente, evitaríamos el sobreendeudamiento. Entender que los problemas de consumo excesivo o pobres ingresos no se resolverán solventando déficits con deudas sobre deudas sino que, todo lo contrario, solo tenderán a exarcerbarse y empeorar.

No se trata de evitar las deudas a todo lugar, solo que deben manejarse dentro de límites razonables, resguardando siempre un mínimo de liquidez para enfrentar los vaivenes en los ingresos familiares y asegurándose de que si se va a deber, sea para adquirir un activo de valor, no un gasto corriente o innecesario.

Si se está en el lío, el deudor debe procurar ayuda. ¿Su primer paso? Comunicar la situación a sus familiares cercanos. Demasiados son los “enlodaos” que, al preguntarles si han transparentado su problema a su mismísima pareja, admiten que, “por vergüenza”, no lo hacen.

Recordar que todo pasa. Que peores problemas se han vencido en el pasado. Que nadie está obligado a lo imposible y que, con tiempo, esfuerzo y el apoyo de personas cercanas, son pocas las coyunturas económicas que no se superan.

Para quienes estén cerca de la persona sobreendeudada, la llamada es a estar alertas. A reconocer lo frágil de la condición humana. Por ejemplo, en el Reino Unido, 25% de la población sufre o ha sufrido de alguna enfermedad mental. ¿Cuál será esa proporción aquí? Respetemos y recordemos todos el ciclo finanzas-estrés-salud. ¡No lo ignoremos!

Nuestros bancos, finalmente, deben esforzarse aun más para cuidarse ellos mismas (¡Y a toda la sociedad!) de los excesos del crédito fácil. Tanto en sus procesos de otorgamiento, seguimiento y de cobro (compulsivo o no), ojalá que los banqueros respeten el crédito. Es un asunto de vida. Y de muerte. ¿Verdad?

Fuente: DIARIO LIBRE




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